Jutta Overweg de Ohlsson
Hace unos días que falleció Jutta, y aunque no éramos "muy amigas", siento que he perdido una persona cercana a mí
Jutta entró en mi vida hace años, cuando buscaba alguien para ayudarle en la redacción de su autobiografía. Nos pusimos de acuerdo sobre la forma en que encararíamos la tarea; ella compró un grabador y en su casa dictaba el texto, y yo después lo pasaba a la computadora. ¡Y material no le faltó! Comenzando con su nacimiento en Iserloh, una pequeña ciudad en Westfalia. De su padre, dueño de una caballeriza, heredó el amor por la equitación y los caballos. Ya de joven montaba y tenía contacto con los clubes hípicos, que volvían a funcionar después de la guerra. En 1955 se casó, y con su marido organizaban cacerías; un año después en Westfalia tuvo lugar el primer concurso hípico internacional. Allí se hizo amiga de jinetes argentinos y españoles, hasta que un día uno de los argentinos le dijo: "Jutta, a vos que te gustan la equitación y los caballos, ¿porqué no venis a la Argentina, allá hay muchos caballos?" Así, en 1959, viajó a la Argentina por primera vez, y estaba encantada. Tan encantada que se compró una estancia, liquidó su casa en Alemania y vino a radicarse en su nuevo hogar en Tornquist. No solamente debió aprender el idioma, sino también las costumbres de vida rural, los trabajos del campo y todo lo demás. Compró vacas y toros, pero lo que más le interesaba eran los caballos, que hizo entrenar para cacerías y concursos de saltos y para la especialidad de la "Hohe Schule", una suerte de trote artístico, que en aquel tiempo aquí no se conocía. Su empresa, llamada "Reichsmark II" (la número 1 era el nombre de la propiedad que había dejado en Alemania) pronto fue conocida; sus caballos participaban con éxito en exposiciones y concursos de saltos, en la Rural y en clubes hípicos.
Pero su interés no se concentraba en la equitación, su "otro" gran amor era el Teatro Colón... Jutta, la wagneriana, como ella misma se llamaba, recorría con su auto cada semana los 700 kilómetros que la separaban de Buenos Aires, y no se perdía ninguna ópera. Su carrera en el Colón había comenzado bien arriba - en el "gallinero" - pero poco más tarde ya aparecía en algún palco, y más
tarde, abajo, en las oficinas cuando cofundó y dirigió la Fundación Teatro Colón. Allí empezó una tarea a la que se dedicó incansablemente durante muchos años y que la llevó a vender su estancia en Tornquist. Hizo de enlace con cantantes, bailarines y régisseurs como Birgit Nilsson, Montserrat Caballé, Grace Hoffman, Ernst Poettgen, Ferdinand Leitner, Menuhim, Baryshnikov und muchos otros artistas que actuaban en el Colón y que con el tiempo se convirtieron en sus amigos.
Entretanto se había divorciado de su marido alemán, y se había casado con Ernesto Ohlsson, un estanciero, vecino de ella en Tornquist.
Jutta Ohlsson posibilitó, en 1981, la visita de Wolfgang Wagner y también es suyo el mérito de haber grabado en 1984 la "Misa Criolla" en Laredo, España, con José Carrera, que tres años más tarde se ofreció en en el Vaticano. Otro éxito de su carrera fue la organización de los concursos "Neue Stimmen" (Nuevas Voces) para la Fundación Bertelsmann de Gütersloh, que ella preparaba cada dos años, y que para muchos de sus "protegidos" significaban importantes contratos en escenarios europeos.
Jutta era muy alta y muy rubia, realmente un personaje imponente, y llamaba la atención en todas partes donde aparecía, porque era muy conocida en círculos musicales y también porque siempre estaba alegre. Aun cuando alguna vez se presentaba un problema, por ejemplo en la búsqueda de sponsors para los participantes del concurso "Neue Stimmen" - que cada vez se hizo más difícil - nunca perdió el buen humor.
Sus diversos trabajos, que le absorbían mucho tiempo, y también sus frecuentes viajes, impedían que colocara la palabra "fin" en la última página del manuscrito. Que en realidad ya estaba terminado, pero Jutta siempre pensaba que podría agregar algo más... Por eso, nuestro trabajo en común se extendía por muchos años, siempre con muchas pausas. Fue, para mí, una tarea no solo interesante, sino también divertida; nos hemos reído mucho, su buen humor era contagioso, especialmente cuando ofrecía off the record alguna anécdota, comentando "¡pero mejor no lo ponga!"
Jutta Ohlsson murio hace algunos días, a la edad de 85 años.