14 de julio de 2020
El año del coronavirus
Casi me olvidé de que tengo un blog, porque hace varios años que no he escrito nada. Pero en estos meses de cuarentena tengo ganas y tiempo de volver a escribir.
No tener que salir tiene sus ventajas, porque de repente uno tiene mucho más tiempo, ese tiempo que se llama "libre". Nunca he leído tantos libros y cuentos, en parte porque en la pieza donde tengo el televisor hizo tanto frío, que dejé de encenderlo y me libré de ver las series americanas, de las que me había puesto adicta, y de los noticieros con los informes de los contagiados, internado, curados y muertos por el Coronavirus. Políticos y reporteras de pronto convertidos en infectólogos, nos abrumaban con cifras y porcentajes registrados en provincias, ciudades y barrios. Me harté de las medidas anunciadas por el gobierno, porque al día siguiente las reforzaban o atenuaban. Me harté de la gente que hasta ayer se llevaban bien y hoy se insultaban. También de ver que los que más plata habían robado, más salían en libertad. También de ver como malgastaban los millones, en vez de ayudar seriamente a los que habían perdido todo por la pandemia. Los funcionarios, cómodamente instalados en sus oficinas y gozando de buena calefacción, decidían dónde podía cobrar la gente su mini jubilación, después de hacer la cola en la calle con dos grados de frío.
Me ocupé - un poco -del jardín, donde en invierno no hay mucho que hacer, salvo regar algunas plantas que florecían a pesar del frío. Todas las aromáticas se rindieron a la baja temperatura, pero no importa, en el verano habrá otras. Limpié las alfombras, lavé los platos, y cociné. A veces barría el patio de atrás, y el que está al lado del living, donde el viento traía las hojas del liquidambar.
Redacté mi columnita semanal para el A.T. y releí y corregí las crónicas de viajes, porque el editor quiere publicarlas en un segundo libro. Luché con el celular pero pude aprender algunas cosas y traté de conocer el nuevo diseño de la computadora, que me complica algunas veces la vida.
Eso de no poder no me importa, porque igual salgo poco, pero estaba acostumbrada a hacer las compras, donde siempre las combinaba con alguna caminata. Esas caminatas me hacen falta, lo admito. Por suerte, Graciela se ocupa de hacer compras, y me trae las cosas, así nos vemos un rato
Marion Kaufmann
domingo, 7 de marzo de 2021
martes, 19 de mayo de 2015
Jutta Overweg de Ohlsson
Hace unos días que falleció Jutta, y aunque no éramos "muy amigas", siento que he perdido una persona cercana a mí
Jutta entró en mi vida hace años, cuando buscaba alguien para ayudarle en la redacción de su autobiografía. Nos pusimos de acuerdo sobre la forma en que encararíamos la tarea; ella compró un grabador y en su casa dictaba el texto, y yo después lo pasaba a la computadora. ¡Y material no le faltó! Comenzando con su nacimiento en Iserloh, una pequeña ciudad en Westfalia. De su padre, dueño de una caballeriza, heredó el amor por la equitación y los caballos. Ya de joven montaba y tenía contacto con los clubes hípicos, que volvían a funcionar después de la guerra. En 1955 se casó, y con su marido organizaban cacerías; un año después en Westfalia tuvo lugar el primer concurso hípico internacional. Allí se hizo amiga de jinetes argentinos y españoles, hasta que un día uno de los argentinos le dijo: "Jutta, a vos que te gustan la equitación y los caballos, ¿porqué no venis a la Argentina, allá hay muchos caballos?" Así, en 1959, viajó a la Argentina por primera vez, y estaba encantada. Tan encantada que se compró una estancia, liquidó su casa en Alemania y vino a radicarse en su nuevo hogar en Tornquist. No solamente debió aprender el idioma, sino también las costumbres de vida rural, los trabajos del campo y todo lo demás. Compró vacas y toros, pero lo que más le interesaba eran los caballos, que hizo entrenar para cacerías y concursos de saltos y para la especialidad de la "Hohe Schule", una suerte de trote artístico, que en aquel tiempo aquí no se conocía. Su empresa, llamada "Reichsmark II" (la número 1 era el nombre de la propiedad que había dejado en Alemania) pronto fue conocida; sus caballos participaban con éxito en exposiciones y concursos de saltos, en la Rural y en clubes hípicos.
Pero su interés no se concentraba en la equitación, su "otro" gran amor era el Teatro Colón... Jutta, la wagneriana, como ella misma se llamaba, recorría con su auto cada semana los 700 kilómetros que la separaban de Buenos Aires, y no se perdía ninguna ópera. Su carrera en el Colón había comenzado bien arriba - en el "gallinero" - pero poco más tarde ya aparecía en algún palco, y más
tarde, abajo, en las oficinas cuando cofundó y dirigió la Fundación Teatro Colón. Allí empezó una tarea a la que se dedicó incansablemente durante muchos años y que la llevó a vender su estancia en Tornquist. Hizo de enlace con cantantes, bailarines y régisseurs como Birgit Nilsson, Montserrat Caballé, Grace Hoffman, Ernst Poettgen, Ferdinand Leitner, Menuhim, Baryshnikov und muchos otros artistas que actuaban en el Colón y que con el tiempo se convirtieron en sus amigos.
Entretanto se había divorciado de su marido alemán, y se había casado con Ernesto Ohlsson, un estanciero, vecino de ella en Tornquist.
Jutta Ohlsson posibilitó, en 1981, la visita de Wolfgang Wagner y también es suyo el mérito de haber grabado en 1984 la "Misa Criolla" en Laredo, España, con José Carrera, que tres años más tarde se ofreció en en el Vaticano. Otro éxito de su carrera fue la organización de los concursos "Neue Stimmen" (Nuevas Voces) para la Fundación Bertelsmann de Gütersloh, que ella preparaba cada dos años, y que para muchos de sus "protegidos" significaban importantes contratos en escenarios europeos.
Jutta era muy alta y muy rubia, realmente un personaje imponente, y llamaba la atención en todas partes donde aparecía, porque era muy conocida en círculos musicales y también porque siempre estaba alegre. Aun cuando alguna vez se presentaba un problema, por ejemplo en la búsqueda de sponsors para los participantes del concurso "Neue Stimmen" - que cada vez se hizo más difícil - nunca perdió el buen humor.
Sus diversos trabajos, que le absorbían mucho tiempo, y también sus frecuentes viajes, impedían que colocara la palabra "fin" en la última página del manuscrito. Que en realidad ya estaba terminado, pero Jutta siempre pensaba que podría agregar algo más... Por eso, nuestro trabajo en común se extendía por muchos años, siempre con muchas pausas. Fue, para mí, una tarea no solo interesante, sino también divertida; nos hemos reído mucho, su buen humor era contagioso, especialmente cuando ofrecía off the record alguna anécdota, comentando "¡pero mejor no lo ponga!"
Jutta Ohlsson murio hace algunos días, a la edad de 85 años.
Hace unos días que falleció Jutta, y aunque no éramos "muy amigas", siento que he perdido una persona cercana a mí
Jutta entró en mi vida hace años, cuando buscaba alguien para ayudarle en la redacción de su autobiografía. Nos pusimos de acuerdo sobre la forma en que encararíamos la tarea; ella compró un grabador y en su casa dictaba el texto, y yo después lo pasaba a la computadora. ¡Y material no le faltó! Comenzando con su nacimiento en Iserloh, una pequeña ciudad en Westfalia. De su padre, dueño de una caballeriza, heredó el amor por la equitación y los caballos. Ya de joven montaba y tenía contacto con los clubes hípicos, que volvían a funcionar después de la guerra. En 1955 se casó, y con su marido organizaban cacerías; un año después en Westfalia tuvo lugar el primer concurso hípico internacional. Allí se hizo amiga de jinetes argentinos y españoles, hasta que un día uno de los argentinos le dijo: "Jutta, a vos que te gustan la equitación y los caballos, ¿porqué no venis a la Argentina, allá hay muchos caballos?" Así, en 1959, viajó a la Argentina por primera vez, y estaba encantada. Tan encantada que se compró una estancia, liquidó su casa en Alemania y vino a radicarse en su nuevo hogar en Tornquist. No solamente debió aprender el idioma, sino también las costumbres de vida rural, los trabajos del campo y todo lo demás. Compró vacas y toros, pero lo que más le interesaba eran los caballos, que hizo entrenar para cacerías y concursos de saltos y para la especialidad de la "Hohe Schule", una suerte de trote artístico, que en aquel tiempo aquí no se conocía. Su empresa, llamada "Reichsmark II" (la número 1 era el nombre de la propiedad que había dejado en Alemania) pronto fue conocida; sus caballos participaban con éxito en exposiciones y concursos de saltos, en la Rural y en clubes hípicos.
Pero su interés no se concentraba en la equitación, su "otro" gran amor era el Teatro Colón... Jutta, la wagneriana, como ella misma se llamaba, recorría con su auto cada semana los 700 kilómetros que la separaban de Buenos Aires, y no se perdía ninguna ópera. Su carrera en el Colón había comenzado bien arriba - en el "gallinero" - pero poco más tarde ya aparecía en algún palco, y más
tarde, abajo, en las oficinas cuando cofundó y dirigió la Fundación Teatro Colón. Allí empezó una tarea a la que se dedicó incansablemente durante muchos años y que la llevó a vender su estancia en Tornquist. Hizo de enlace con cantantes, bailarines y régisseurs como Birgit Nilsson, Montserrat Caballé, Grace Hoffman, Ernst Poettgen, Ferdinand Leitner, Menuhim, Baryshnikov und muchos otros artistas que actuaban en el Colón y que con el tiempo se convirtieron en sus amigos.
Entretanto se había divorciado de su marido alemán, y se había casado con Ernesto Ohlsson, un estanciero, vecino de ella en Tornquist.
Jutta Ohlsson posibilitó, en 1981, la visita de Wolfgang Wagner y también es suyo el mérito de haber grabado en 1984 la "Misa Criolla" en Laredo, España, con José Carrera, que tres años más tarde se ofreció en en el Vaticano. Otro éxito de su carrera fue la organización de los concursos "Neue Stimmen" (Nuevas Voces) para la Fundación Bertelsmann de Gütersloh, que ella preparaba cada dos años, y que para muchos de sus "protegidos" significaban importantes contratos en escenarios europeos.
Jutta era muy alta y muy rubia, realmente un personaje imponente, y llamaba la atención en todas partes donde aparecía, porque era muy conocida en círculos musicales y también porque siempre estaba alegre. Aun cuando alguna vez se presentaba un problema, por ejemplo en la búsqueda de sponsors para los participantes del concurso "Neue Stimmen" - que cada vez se hizo más difícil - nunca perdió el buen humor.
Sus diversos trabajos, que le absorbían mucho tiempo, y también sus frecuentes viajes, impedían que colocara la palabra "fin" en la última página del manuscrito. Que en realidad ya estaba terminado, pero Jutta siempre pensaba que podría agregar algo más... Por eso, nuestro trabajo en común se extendía por muchos años, siempre con muchas pausas. Fue, para mí, una tarea no solo interesante, sino también divertida; nos hemos reído mucho, su buen humor era contagioso, especialmente cuando ofrecía off the record alguna anécdota, comentando "¡pero mejor no lo ponga!"
Jutta Ohlsson murio hace algunos días, a la edad de 85 años.
miércoles, 25 de marzo de 2015
Acá somos lentos...
Parece mentira que desde mi primer blog no he escrito nada... ¡Pero a partir de ahora, esto va a cambiar!
Ya no estoy en Chaco, estoy en Villa La Angostura, a 1600 km de Buenos Aires. ¿A cuántos km de Chaco? Es otro mundo, otro clima, otra gente. Vengo a este pueblito andino, desde los 17 años - con algunas pocas interrupciones - y me siento bien. El "centro" ha cambiado mucho, en la avenida principal hay galerías y locales, especialmente de ropa y chocolate, y numerosos lugares de comida, pero aquí en el "puerto", en la Bahía Brava, no ha cambiado casi nada. Aquí, donde mis suegros en algún año de la década de los 40 construyeron su casa, en la orilla del Nahuel Huapi, con las montañas de la Cordillera enfrente. Detrás de esas montañas, Chile. Esa vista, ese paisaje me acompaña todo el año, en Buenos Aires. Me calma.
Ayer estaba en el pueblo, delante de un negocio donde un cartel decía que "abre a las 18 horas". Pero a las 18 estaba cerrado, media hora después seguía cerrado. Caminaba de un lado a otro, apurada porque a las 19 se va el último bus al "puerto". Sale la mujer del negocio vecino y me dice, ¿está esperando a José? Sí, contesto, acá dice que abre a las 18. (Soy alemana...qué le voy a hacer). José viene más tarde, porque antes da clases de gimnasia, explica la mujer. Veo en el horario que también está de mañana, a partir de las 10,30. Le digo a la señora, que entonces voy a venir al día siguiente, a la mañana. "Bueno, ahí lo va a encontrar", dice, "pero no venga antes de las 11, 11 y media..."
"Acá somos más lentos", dice riendo, "acá nunca estamos apurados... Somos lentos, vivimos tranquilos".
Tiene razón. Sin apuro se vive más tranquilo. Pero, ¿se puede vivir en Buenos Aires sin apuro? Cuando uno quiere estar en algún sitio a cierta hora, y el tren, o lo que sea, no viene? Cuando al hacer una compra o un trámite, y el empleado se la pasa hablando por teléfono y no atiende? ¿Cuando el plomero dijo que vendría a las 2 y viene a las 5? Uno se pone nervioso, de mal humor.
Realmente, deberíamos vivir en forma más lenta.
Ya no estoy en Chaco, estoy en Villa La Angostura, a 1600 km de Buenos Aires. ¿A cuántos km de Chaco? Es otro mundo, otro clima, otra gente. Vengo a este pueblito andino, desde los 17 años - con algunas pocas interrupciones - y me siento bien. El "centro" ha cambiado mucho, en la avenida principal hay galerías y locales, especialmente de ropa y chocolate, y numerosos lugares de comida, pero aquí en el "puerto", en la Bahía Brava, no ha cambiado casi nada. Aquí, donde mis suegros en algún año de la década de los 40 construyeron su casa, en la orilla del Nahuel Huapi, con las montañas de la Cordillera enfrente. Detrás de esas montañas, Chile. Esa vista, ese paisaje me acompaña todo el año, en Buenos Aires. Me calma.
Ayer estaba en el pueblo, delante de un negocio donde un cartel decía que "abre a las 18 horas". Pero a las 18 estaba cerrado, media hora después seguía cerrado. Caminaba de un lado a otro, apurada porque a las 19 se va el último bus al "puerto". Sale la mujer del negocio vecino y me dice, ¿está esperando a José? Sí, contesto, acá dice que abre a las 18. (Soy alemana...qué le voy a hacer). José viene más tarde, porque antes da clases de gimnasia, explica la mujer. Veo en el horario que también está de mañana, a partir de las 10,30. Le digo a la señora, que entonces voy a venir al día siguiente, a la mañana. "Bueno, ahí lo va a encontrar", dice, "pero no venga antes de las 11, 11 y media..."
"Acá somos más lentos", dice riendo, "acá nunca estamos apurados... Somos lentos, vivimos tranquilos".
Tiene razón. Sin apuro se vive más tranquilo. Pero, ¿se puede vivir en Buenos Aires sin apuro? Cuando uno quiere estar en algún sitio a cierta hora, y el tren, o lo que sea, no viene? Cuando al hacer una compra o un trámite, y el empleado se la pasa hablando por teléfono y no atiende? ¿Cuando el plomero dijo que vendría a las 2 y viene a las 5? Uno se pone nervioso, de mal humor.
Realmente, deberíamos vivir en forma más lenta.
viernes, 19 de diciembre de 2014
El Chaco también es la Argentina
Acabo de volver del Chaco, del Impenetrable. Creo que hice el viaje más extraño de mi vida. Uno está acostumbrado a los viajes turísticos, a quedarse admirando viejas catedrales, recorrer museos (o tiendas) hasta caer de cansancio, a disfrutar de conciertos. Pero en el norte de la provincia, ya casi en Formosa, no hay nada de eso. Nos recibe un calor de 36 grados en pleno invierno (dicen que en enero sube hasta 50 grados), un constante viento norte y polvo, polvo, y hace meses que no llueve. Estamos en Nueva Pompeya, nos alojamos en un hotel, en sus ocho piezas apenas hay lo más indispensable: camas más o menos cómodas, mesita de luz con un velador que no funciona, agua caliente en el baño que no sale de la cañería. un pequeño ventilador que más que soplar parece suspirar. Para obtener el desayuno o la cena hay que ir al (único) restaurante del pueblo, que es el centro social, donde todos se conocen, gente que entra, saluda, hace algún comentario, y se va; algunos se quedan a comer. El dueño - también lo es del hotel - atiende y bromea con todos, un hombre feliz. Afuera, las calles de tierra; la principal desemboca en la tradicional plaza bordeada por la municipalidad, un almacén, la iglesia, una tienda. La gente se moviliza en camionetas, pero mayormente en motos. Las hay de todos tamaños, manejadas por hombres, mujeres, jóvenes, familias enteras.
Nuestra 4x4 nos lleva al Impenetrable - porque tan "impenetrable" no es - hay caminos que rodean la parte selvática y ahí, donde no hay nada de nada, vive gente. De vez en cuando aparece algún aborigen, en su mayoría son wichis, pregunta quienes somos, qué hacemos allí, qué le hemos traído de regalo.Uno hasta vino armado de una escopeta, pero después aclaró que pensaba que éramos los que tiraban a los patos en la pequeña laguna, donde él vivía. Son sumisos y amables, pero al mismo tiempo pretenden que algo deben darles los "blancos" (ellos mismos los llaman así) ya sea dinero o ropa. Será porque los han echado de sus tierras... Ya antes de partir nos habían avisado, por eso llevábamos bolsas con ropa. (Mi yerno nunca se habrá imaginado, que sus camisas iban a parar en el Impenetrable). Son pobres, realmente pobres. Una mujer que vive en medio del bosque, cuenta que la municipalidad, o alguna oficina oficial, reparte bidones de agua, porque en ninguna parte hay agua potable. Es gratis. Pero el camionero que trae el bidón una vez por semana, pide 80 pesos para dejárselo... ¿Corrupción hasta en la selva? Para esta señora, 80 pesos es mucho dinero, pero tiene que pagar, porque necesita el agua.
Uno se pregunta: ¿de qué vive toda esa gente? Los hombre generalmente trabajan con madera, que es lo único que abunda, en la tala, en la construcción o en las fábricas de ladrillos, que allí todavía se hacen en forma manual, y los hornos se alimentan con madera. Algunas pocas mujeres hacen sencillas artesanías, pequeñas tallas de madera, collares con semillas canastos y tejidos de chaguar o lana de oveja, pero como no hay turismo, no hay venta. Queríamos comprar unas paneras a una mujer que, sentada delante de su vivienda, estaba tejiendo, pero solamente tenía una. Allí no hay nadie quien organice el trabajo de los artesanos, como sucede en otras provincias.
Nuestra 4x4 nos lleva al Impenetrable - porque tan "impenetrable" no es - hay caminos que rodean la parte selvática y ahí, donde no hay nada de nada, vive gente. De vez en cuando aparece algún aborigen, en su mayoría son wichis, pregunta quienes somos, qué hacemos allí, qué le hemos traído de regalo.Uno hasta vino armado de una escopeta, pero después aclaró que pensaba que éramos los que tiraban a los patos en la pequeña laguna, donde él vivía. Son sumisos y amables, pero al mismo tiempo pretenden que algo deben darles los "blancos" (ellos mismos los llaman así) ya sea dinero o ropa. Será porque los han echado de sus tierras... Ya antes de partir nos habían avisado, por eso llevábamos bolsas con ropa. (Mi yerno nunca se habrá imaginado, que sus camisas iban a parar en el Impenetrable). Son pobres, realmente pobres. Una mujer que vive en medio del bosque, cuenta que la municipalidad, o alguna oficina oficial, reparte bidones de agua, porque en ninguna parte hay agua potable. Es gratis. Pero el camionero que trae el bidón una vez por semana, pide 80 pesos para dejárselo... ¿Corrupción hasta en la selva? Para esta señora, 80 pesos es mucho dinero, pero tiene que pagar, porque necesita el agua.
Uno se pregunta: ¿de qué vive toda esa gente? Los hombre generalmente trabajan con madera, que es lo único que abunda, en la tala, en la construcción o en las fábricas de ladrillos, que allí todavía se hacen en forma manual, y los hornos se alimentan con madera. Algunas pocas mujeres hacen sencillas artesanías, pequeñas tallas de madera, collares con semillas canastos y tejidos de chaguar o lana de oveja, pero como no hay turismo, no hay venta. Queríamos comprar unas paneras a una mujer que, sentada delante de su vivienda, estaba tejiendo, pero solamente tenía una. Allí no hay nadie quien organice el trabajo de los artesanos, como sucede en otras provincias.
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