domingo, 7 de marzo de 2021

14 de julio de 2020

                    El año del coronavirus

Casi me olvidé de que tengo un blog, porque hace varios años que no he escrito nada. Pero en estos meses de cuarentena tengo ganas y tiempo de volver a escribir.

No tener que salir tiene sus ventajas, porque de repente uno tiene mucho más tiempo, ese tiempo que se llama "libre". Nunca he leído tantos libros y cuentos, en parte porque en la pieza donde tengo el televisor hizo tanto frío, que dejé de encenderlo y me libré de ver las series americanas, de las que me había puesto adicta, y de los noticieros con los informes de los contagiados, internado, curados y muertos por el Coronavirus. Políticos y reporteras de pronto convertidos en infectólogos, nos abrumaban con cifras y porcentajes registrados en provincias, ciudades y barrios. Me harté de las medidas anunciadas por el gobierno, porque al día siguiente las reforzaban o atenuaban. Me harté de la gente que hasta ayer se llevaban bien y hoy se insultaban. También de ver que los que más plata habían robado, más salían en libertad. También de ver como malgastaban los millones, en vez de ayudar seriamente a los que habían perdido todo por la pandemia. Los funcionarios, cómodamente instalados en sus oficinas y gozando de buena calefacción, decidían dónde podía cobrar la gente su mini jubilación, después de hacer la cola en la calle con dos grados de frío.

Me ocupé - un poco -del jardín, donde en invierno no hay mucho que hacer, salvo regar algunas plantas que florecían a pesar del frío. Todas las aromáticas se rindieron a la baja temperatura, pero no importa, en el verano habrá otras. Limpié las alfombras, lavé los platos, y cociné. A veces barría el patio de atrás, y el que está al lado del living, donde el viento traía las hojas del liquidambar.
Redacté mi columnita semanal para el A.T. y releí y corregí las crónicas de viajes, porque el editor quiere publicarlas en un segundo libro. Luché con el celular pero pude aprender algunas cosas y traté de conocer el nuevo diseño de la computadora, que me complica algunas veces la vida.

Eso de no poder no me importa, porque igual salgo poco, pero estaba acostumbrada a hacer las compras, donde siempre las combinaba con alguna caminata. Esas caminatas me hacen falta, lo admito. Por suerte, Graciela se ocupa de hacer compras, y me trae las cosas, así nos vemos un rato


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